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DE SALÓN DE PASOS Y ERMITA
A CAPILLA DE LOS PASOS GRANDES

La cofradía penitencial de la Quinta Angustia edifica, en los solares del Corro de Santa María, un relevante complejo arquitectónico a lo largo de los siglos XVI y XVII, capaz de facilitar el desarrollo de una cofradía incipiente e importante en la historia y el arte de la Ciudad de los Almirantes. Artistas destacados trabajaron en la construcción y ornato de la iglesia, de las dependencias administrativas, en el hospital para asistir a pobres, en el salón para guardar los pasos y en otros recintos menores. El Salón de Pasos es el único de los edificios conservados de la desaparecida Penitencial de la Quinta Angustia. Por la inscripción del dintel de la puerta y de las fuentes documentales se conocen a los artistas así como la fecha de construcción, el año 1664 y el emblema formado por un corazón atravesado por tres espadas.
Pedro de Nantes concierta, con el cabildo de la cofradía de Nuestra Señora de la Soledad,las obras de edificación del Salón de Pasos en los solares colindantes a

las casas que fueron de Ana Cana. En la traza se diseñó un edificio con paredón de cantería en el exterior de la fachada principal e interior de mampostería, de tres pies de ancho. El muro se rompe con tres vanos enmarcados. A los extremos dos óculos que flanquean una puerta de grandes dimensiones (de una altura de diecisiete pies y anchura de once pies) adintelada al exterior y  con arco escarzano al interior. El remate de Nantes se estimó en 7.200 reales. La ejecución la fijó Francisco López en 5.500 reales, aunque cambiando una de las mamposterías por una tapia con reja y con el compromiso de entregarlas en la Cuaresma de 1664. Pedro Gómez del Rebollar presentó un presupuesto en el que bajó 500 reales y añadió, para lograr la puja, que la piedra fuera de San Cristóbal. López bajó los 500 reales de su rival y se quedó con la obra. En 1665 los canteros Marcos González y Juan de la Cotera cobraron 2.000 reales por los trabajos en la iglesia, en los ventanales, en la modificación de la puerta, cornisa y en la bodega.
El resultado final fue el de un edificio que consta de un solo espacio diáfano, de planta rectangular, en cuya fachada, de piedra sillar, se dispone una puerta adintelada de grandes dimensiones y flanqueada por dos vanos redondos. Construido con gruesos muros laterales con machones de sillar, entramado de adobe y ladrillo. La techumbre exterior a dos aguas con teja árabe y la interior plana con viguería de madera vista entre las que se disponen bovedillas de yeso. El suelo está enlosado con pizarras y piedras triangulares unidas en cuadriculas, cuyo centro contiene un medallón de diferente color al de la placa. En el centro de la planta el dibujo se altera para definir una cruz latina recibiendo al visitante.
En el siglo XVIII el esplendor de la cofradía empieza a decaer hasta llegar a desaparecer en el siglo del romanticismo. Los cambios políticos, económicos y religiosos resienten una institución sustentada en la caridad y la explotación patrimonial desamortizados, provocando que la actividad se redujera al proteccionismo, a la colaboración entre hermanos y a la manifestación pública de fe con las procesiones, en el siglo XX. Por las declaraciones del visitador del Obispado de Palencia en 1690 (Rioseco dependió de esta diócesis hasta 1955, año que pasó a Valladolid) se deduce que la cofradía estaba atravesando momentos difíciles, al no entrar cofrades y no haber mayordomos que sufragasen los gastos derivados del cargo. El terremoto de Lisboa agrietó la techumbre del edificio, teniendo que ser reparada por Miguel de Arnaz en 1755. Otras referencias que constatan la perdurabilidad y fama de la cofradía y del edificio en esta época se deben a Antonio Ponz, quien realizó una visita a la localidad en 1783, recogida en el Viaje por los pueblos de España. Se sorprende de la riqueza artística que atesora Rioseco. Recorre las iglesias y la ermita de la Soledad en donde se guardan los pasos de Semana Santa. También Pascual Madóz, en el “Diccionario geográfico-estadístico de España” de 1845 señala, entre los edificios de la localidad, la ermita de la Soledad.
El siglo XIX no mejora la situación. Tas la invasión francesa de 1808, la otra cofradía importante en la localidad la Vera Cruz sufrió daños que la obligaron a trasladar, a la Quinta Angustia, en 1814, algunos de sus pasos. Son años difíciles en los que desaparece la Quinta Angustia y se desmiembra en cuatro cofradías independientes de menor entidad (Crucifixión del Señor, Descendimiento de la Cruz, Santo Sepulcro y Nuestra Señora de la Soledad). Lo mismo sucede con la Vera Cruz y la Pasión. El Salón de Pasos, en donde se custodian los dos voluminosos conjuntos procesionales de la Crucifixión y el Descendimiento, difíciles de guardar en otras dependencias, no fue desmantelado (seguramente ese fue el motivo de no desaparecer), manteniéndose el uso por parte de las dos hermandades hasta la actualidad. Años marcados por las desamortizaciones, en los que, el edifico tuvo diversos usos temporales, que le fueron deteriorando y en el que solo se acometieron labores básicas de mantenimiento hasta el año 1888 en el que las directivas (ya no aparecen definidas como cabildos) de ambas cofradías se reunieron para acordar dar al salón un aspecto más digno. Los muros se arreglaron, la puerta de madera se sustituyo y se enlosó el suelo con piezas de piedra y pizarra procedentes del ex convento de San Francisco.
En 1918 las dos juntas directivas acordaron transformar el salón en una capilla sacralizada en donde poder oficiar, los hermanos, el culto a la cruz de Cristo. El presidente de la Crucifixión Manuel Gonzáles expuso la delicada situación en la que se encontraba el edificio y la necesidad de acometer arreglos. Con la ayuda del párroco de la iglesia de Santa María, Don Ursiniano González, se lograron los materiales de construcción necesarios y la donación del retablo que preside el recinto en la actualidad. Pieza clasicista, de principios del siglo XVII, de un solo cuerpo y calle, con pilastras doradas rematadas con capitel corintio, en cuya única hornacina, se venera la imagen de Jesús Atado a la Columna. Una de las pocas esculturas penitenciales riosecanas de principios del siglo XVI, en la que Cristo permanece atado a una columna alta. El salón pasa a ser capilla y, desde entonces, cada primer domingo del mes de mayo y siempre que fallece un hermano o hermana de la Crucifixión o del Descendimiento se celebra misa en el recinto, junto a los actos propios de la Semana Santa en los que participen ambas cofradías.
En años sucesivos, en la santa ermita, se realizaron labores de mantenimiento y de acondicionamiento para los nuevos tiempos. En 1948 ambas cofradías se reunieron, en junta general extraordinaria, para arreglar la capilla y formar una comisión mixta que supervisara las obras. Gracias a la donación de los materiales necesarios, por varios hermanos de ambas cofradías y por el Ayuntamiento, que colaboró proporcionando los albañiles, el proyecto salió adelante. Seguramente el trabajo estuvo orientado hacia el enfoscado de las paredes interiores, al arreglo del tejado, pintado del interior y arreglo de las puertas. El emblemático edificio protagoniza, cada tarde de Viernes Santo, la espectacular salida de los pasos grandes de la Crucifixión y del Descendimiento. Hermanos y espectadores se agolpan, en el corro de Santa María, para presenciar como veinte hermanos movidos por la fe, la devoción y la tradición sacan a pulso los pesados pasos, siguiendo las ordenes precisas del cadena, hasta lograr salvar la cruz del dintel de la puerta y elevarla hasta el hombro.
El edificio, en 1999, presentaba problemas de humedad y falta de aislamiento, lo que originaba desfases térmicos perjudiciales para el edificio y para los conjuntos escultóricos. Los estudios técnicos, dirigidos por el arquitecto riosecano Andrés San José, aconsejaron hacer un vaciado de solera para crear una cámara de ventilación, el picado de revocos de las paredes, la apertura de nichales de aireación en muros y la disposición de canaletas de ventilación para facilitar la circulación del aire. El pavimento primitivo, asentado sobre tierra, fue levantado y repuesto de nuevo después de bajar la cuota de tierra, del encachado de piedra, solera de hormigón y de la capa impermeable. La cubierta, a dos aguas, fue revisada la estructura de madera. El alero de la fachada principal se sustituyó por otro de más vuelo y con canes acordes con la estética del edificio. De los trabajos de carpintería se encargó el hermano del descendimiento Albert, tanto de las puertas, alero y la mesa de altar tallada y sobredorada para el oficio litúrgico en el año 2000, completando el mobiliario que hizo el hermano de la Crucifixión José Moras en 1982. El interior de la capilla fue limpiado de todo elemento postizo, saneadas las paredes, enfocados los paños de adobe y descubierta la piedra existente. Se colocó un zócalo de piedra y el altar. El techo de vigería de madera fue limpiado y pintado. La restauración culminó con la colocación de óculos de madera en los vanos, con vidrieras plomadas y con la sustitución de la puerta por otra de similares características. En el muro empedrado de la izquierda apareció un hueco abovedado, resto de la antigua Soledad.

     
 
 
 
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